No tenemos otra elección que construir un futuro mejor. de Lukas Zpira

No tenemos otra elección que construir un futuro mejor. La nostalgia únicamente nos conduce a hundirnos más profundamente en el conservadurismo y el temor, a no ser más que los extras de una historia que se escribe a la velocidad de la red.

Hay que encararlo, las Torres han caído y con ellas muchas utopías. Sin embargo, nuevas utopías surgirán de las cenizas y tomarán el relevo. Solo que puede que sea un poco más difícil esta vez.

Hemos entrado en el siglo 21, ingenuamente, llenos de esperanzas y de temores paganos, sin verdaderamente medir la dimensión paradójica de un mundo que entra en uno de los más grandes desafíos tecnológicos y filosóficos de su historia, a la vez que se hunde precipitadamente en el caos.

En efecto, las cárceles modernas están pintadas de blanco.

Seguirán siempre siendo muros. El de Berlín solo cayó para dejar paso a otras murallas, en Israel, en México o en cualquier otro lugar.

Y si bien las guerras ya no son mundiales, sí que son tribales, económicas y tecnológicas. Las crisis se han convertido en globales.

África sigue siempre inmersa en un baño de sangre.

Asia sigue siendo la esperanza de una osmosis espiritual, buscando una nueva economía mientras está perdida en antiguas guerras. Sus mapas hackeados y sus fronteras retrazadas, a menudo a golpe de machete, y en ocasiones por medio de los tanques.

América del Sur pronto pertenecerá a las pandillas y a los cárteles.

Australia y Nueva Zelanda protegen sus fronteras contra el más mínimo microbio, lo que no deja mucho espacio a los humanos que no sean turistas, estudiantes o inversores. En cuanto a los aborígenes y a los maoríes, no les queda más opción que elegir entre el gueto y las pandillas o la decoración de tarjetas postales.

Europa se ha construido solo alrededor de una lógica económica. No es más que un mito.

Sin embargo el mundo se abre. Las compañías aéreas de bajo coste aparecieron, disolviendo la noción de la distancia, anunciando la movilidad de los pueblos y la circulación de las masas humanas que tiran fuerte de sus correas.

Todo esto exigía soluciones… ¿La solución “primaria”?

El 11-S llegó y cayeron las Torres Gemelas, sirviendo de pretexto a la instauración de más controles y a la puesta en marcha de leyes que limitan los desplazamientos. Las fronteras aparentemente también se abren, pero en realidad no es más que un modo para poder justificar mejor los controles sobre las personas. Más control y menos

libertad. ¿No serían las Torres simplemente el símbolo de nuestros traumatismos y neurosis?

Pero bueno, si juegas al juego, ningún problema; pasaporte biométrico, huellas dactilares, de retina, cuños, expedientes, fichas, informaciones. Tienes:

– Una tarjeta de crédito

¿Qué número?

-Una tarjeta de la seguridad social

¿Qué número?

-Un teléfono

¿Qué número?

-Dinero

¿Cuánto?

-Una dirección

¿Dónde?

-Un billete de vuelta

¿A dónde?!?

El nomadismo se convierte en vagabundeo. Cambia el término y cambiará el sentido. De hombre libre a sospechoso. Eres un estorbo para los gobiernos que no saben qué hacer contigo. Das miedo a la gente que ya tiene miedo del futuro, de lo desconocido, del otro, del extraño, del extranjero, del joven, del negro, del amarillo, de perder su trabajo.

Si tienes una especificidad cultural, puede que tengas suerte y acabes en una reserva. Serás una curiosidad para los antropólogos del futuro. Serás marginado porque te tendrán miedo. El sin raíces, el que no debe nada a nadie.

¡Cómo si hubiera algo gratuito en este mundo!

Incluso pronto habrá impuestos para la espiritualidad, un organismo que controle el intercambio de ideas y pensamientos.

Ya ha empezado…

Casi todo el mundo es cómplice; desde que el ser humano cambió los sueños por los deseos, nuestras sociedades ya no toleran más las utopías que no pueden controlar y que no resultan rentables.

Si no hacemos nada, acabaremos presos de palabras clave.

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